David Escobar, gerente de Comfama, publicó hace algunos días una columna en El Colombiano en donde exhortaba a sus lectores a una vida con mayor posibilidad para el placer y el ocio. Sin negarle valor a su opinión, quisiera, sin embargo, proponer un punto de vista diferente al suyo: Creo que el ser humano, antes que buscar placer, debe aspirar a la Felicidad. La felicidad es la realización del Bien Supremo, alcanzable sólo por la virtud, cuya concreción no es otra que el trabajo.
Podría parecer que placer y felicidad son algo así como conceptos hermanos. Pero cuando nos detenemos a examinar de cerca la cuestión, resulta que se trata de todo lo contrario. El placer es la satisfacción del apetito sensible y se realiza en el elemento de la animalidad. La felicidad, por otro lado, es el fruto de una vida que se rige por el imperativo de la Razón, aquello por lo cual nos distinguimos de lo salvaje. El placer, momentáneo y efímero, esclaviza al ser humano siempre insatisfecho. La felicidad, en cambio, es una con la Libertad, cuando esta, escogiendo la virtud, renuncia a la mera inclinación del deseo individual y se propone principios universales: tratar al otro como un fin en sí mismo y no como medio; actuar de tal forma que nuestras acciones puedan ser máximas absolutas que rijan la conducta de todos. Kant, I. (2017).
Razón y Libertad son, pues, las condiciones de posibilidad de la Felicidad. Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con el trabajo? La respuesta es simple: Razón y Libertad no son conceptos abstractos, sino realidades concretas que deben realizarse en el ser humano por medio de la obra, de la acción creadora. La razón es el hacer conforme a un fin. El primer trabajo en el que debe sumergirse el ser humano es el de ser artificie de sí mismo, legislador de su existencia libre y reflexiva. El ser humano ha de crear su propia esencia, a diferencia del animal, cuya esencia es una y la misma. En la simpleza del placer, el ser humano es, como la bestia, un mero ser en sí. Pero por medio del trabajo virtuoso y creador, el hombre adviene en un ser para sí, se convierte en libertad consciente de sí misma. Hegel. (2017)
Dicho lo anterior, situemos ahora la reflexión sobre la naturaleza del ocio. Debe afirmarse, en principio, que la forma eminente del ser humano en el mundo es la ocupación. Así se nos presenta en su cotidianidad, inmerso en múltiples tareas. El ocio, por tanto, constituye una forma de ser impropia o, si se quiere, artificial de estar en el mundo. Cuando el ser humano se abstrae de su ocupación, para yacer ociosamente, vemos cómo aparecen en él tres fenómenos: La curiosidad, la habladuría y la ambigüedad. Curiosidad no es aquella actitud filosófica de apertura al mundo, sino el vacío saltar de un estímulo a otro sin detenerse en ninguno. La curiosidad lleva a la habladuría, a ese repetir insubstancial de los discursos que circulan de boca en boca, pero sin arraigo de veracidad en la cosa que enuncian. La ambigüedad aparece, en consecuencia, como una incapacidad del ser humano para reconocer lo verdadero de lo falso, lo superfluo de lo digno de ser pensado. Heidegger, M. 2003
No deja de ser llamativo, para finalizar, que David recurra en su argumentación a lo que llama “antiguas filosofías orientales”. Estas “filosofías” nacen, justamente, en sociedades que no conocieron la libertad, pues el principio espiritual que rige en ellas es que sólo “lo Uno” (Brahman) es libre, estando sometido el ser humano individual a la esclavitud de “maya” o de la ilusión. Al mismo tiempo, dichas “filosofías” no son producto del trabajo arduo y riguroso del concepto y la razón, sino que surgen de un cierto entregarse o disolverse en las emanaciones de la sustancia, en una especie de sueño o de exaltación. En síntesis: “filosofías” que no nacen ni de la libertad ni del trabajo, que, como se expuso en los párrafos anteriores, son en sí mismos la condición de la Felicidad.

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