Bajo la tesis de las condiciones objetivas del delito se han refugiado terroristas, narcotraficantes y todo tipo de delincuentes; en su nombre se justifican los peores actos de crueldad y destrucción que ha padecido la humanidad en la época moderna. Se afirma con ella que el ser humano es una víctima pasiva de las circunstancias, las cuales condicionan su conducta, como si en él aplicara, al igual que en la naturaleza, el principio de causalidad, donde a una acción se sigue inexorablemente una reacción. Visto así, carente de agencia, el ser humano sería lo mismo que la bestia, que actúa bajo la forma del estímulo-respuesta.
Olvidan quienes defienden esta tesis que el ser humano es un ser incondicionado. Este atributo suyo consiste en que en él se rompe la serie de las causas que le anteceden, siéndole posible, en virtud de su libertad, no estar coaccionado a la respuesta mecánica, y dar inicio a una sucesión distinta en el proceso causal. Cuando se adopta el punto de vista de las “condiciones objetivas”, la conciencia queda sumergida en lo que Sartre conceptúa como “mala fe”: ese autoengaño en el que se evade la propia responsabilidad recurriendo a factores externos para dar sentido o justificación a nuestros actos, incapaces de hacernos cargo del peso agobiante de la libertad.
En mala fe incurren todos aquellos que han querido presentar como una víctima al sicario que asesinó a sangre fría a Miguel Uribe, incluida la justicia colombiana, que frente a tan execrable hecho decidió imponerle solo 7 años de “reclusión” por el crimen. Aducen dos razones. La primera es que se trata de una persona que creció en un contexto de exclusión y de carencia. Sin embargo, exclusión y carencia padecen millones de colombianos, pero ni siquiera el 1% de ellos recurren al delito. Todo lo contrario, la mayoría se esfuerza cada día por trabajar, madrugar y llevar el sustento a sus hogares. Por otro lado, ¿Cómo explicar, recurriendo a la misma tesis, que aún bajo los mayores privilegios económicos, sociales, educativos y culturales, haya no obstante quien opte por violar la ley?
Se dice también que el sicario adolescente, por su edad, no cuenta aún con la capacidad cognitiva para discernir entre lo bueno y lo malo, lo legal o lo ilegal. Las distintas teorías psicológicas, empero, desmienten semejante dislate. Si miramos, por ejemplo, la psicología evolutiva de Piaget, nos encontramos con que el ser humano, después de los 10 años, cuenta ya con la formación de una moral autónoma, superada la etapa de la moral heterónoma y constituidos los principios de justicia retributiva y de justicia restaurativa. En el caso de la teoría psicoanalítica, Freud propone que, durante la fase fálica, que acontece entre los 3 y 6 años aproximadamente, el niño resuelve el conflicto edípico, lo que da lugar a la constitución del superyó, y por tanto a la conciencia moral y al sentimiento de culpa.
Así pues, se comprende cómo en otros países la delincuencia temprana es entendida bajo parámetros harto diferentes a los colombianos. En Inglaterra, la responsabilidad penal comienza a los 10 años. En algunos Estados de EE. UU, como Carolina del Norte, a partir de los 7 años un niño puede ser procesado por actos violatorios de la ley. Parecería en principio que una edad temprana en la adjudicación de responsabilidad penal va en detrimento de la niñez. Pero se trata de todo lo contrario. Cuando se deja de lado la mala fe con la que se entiende la delincuencia, así como la comprensión errónea del desarrollo moral del ser humano, y la responsabilidad penal se instala en la edad correcta, es posible evitar que el crimen organizado recurra a niños y adolescentes para efectuar el delito, como nos viene sucediendo en forma cíclica en Colombia desde los años 80, sin que hayamos podido detener esta tragedia.

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