Nos gritan todo el tiempo mafiosos y paramilitares, y adoptan el tono del padre que con su sermón intenta aleccionar al hijo sobre lo que debe ser su “verdad”. Nos repiten hasta el cansancio todo lo que en nosotros está mal, como a párvulos que no conocen sus abismos, sus heridas, como si fueran el Prometeo cuya llama clarifica lo no visto. ¡Como si nosotros no hubiéramos visto! ¡Como si nosotros no hubiésemos padecido la verdad de la violencia y la crueldad en carne propia! Buscan, en su infinito altruismo, dizque enseñarnos nuestra “verdad”, cuando lo que nos imponen es una mordaza de silencio, la esencialización de un estereotipo desde el cual toda enunciación pierde el legítimo derecho a ser escuchada.
Este estigma que nos enrostran es una forma de violencia disfrazada de “verdad”, una verdad prefabricada. Es la ruptura sistemática de la racionalidad comunicativa, que borra la posibilidad misma del reconocimiento recíproco. Pero esta supuesta verdad de lo que somos no puede, no logra definirnos, pues sólo nosotros sabemos lo que somos, sólo nosotros conocemos las luchas que durante décadas hemos tenido que llevar sobre los hombros para mantener a Medellín y Antioquia incólumes, firmes ante el desastre; somos nosotros quienes reinventamos una y otra vez sus cimientos, amoldamos sus espacios, clarificamos sus corredores y evitamos que el paso del tiempo o la ruina del olvido destruyan un legado centenario de libertad, tradición y trabajo.
El silenciamiento que nos imponen no es casual, sino estratégico; persigue un fin. Este fin es la hegemonía y continuidad del Régimen imperante hoy en Colombia, que se ve amenazado por la espuela de la rebeldía con que la sociedad antioqueña ha sabido siempre romper la férula de cualquier poder totalitario que intenta constreñirla. El Régimen tambalea cuando Antioquia habla. Por eso buscan convertirnos en el eterno chivo expiatorio de la violencia colombiana, contaminando de prejuicio cualquier palabra nuestra antes incluso de que podamos pronunciarla. Así, ya no hay diálogo posible, y la tal “unidad de la nación” no es otra cosa que una quimera que se evapora en el monólogo centralista.
Pero lo cierto es que con nosotros no comenzaron las guerrillas. Con nosotros no comenzó la violencia macabra de los paramilitares. Aquí nos importaron ese cáncer, lo trajeron de afuera. Y si de algo pueden culparnos es de la dimensión titánica del esfuerzo que hemos hecho para combatirlos con eficacia. Si de algo somos culpables, es de evitar que Antioquia viva el mismo destino de ruina, miseria y orfandad que hoy reina en Colombia. Nosotros no fuimos la enfermedad, sino la cura.
Sobra decir que, cuando la deliberación colectiva en la esfera pública se resquebraja por la exclusión del otro, la pertenencia a un proyecto de nación deja de ser obligatoria. Si el centralismo expoliador continúa en la inmoral y peligrosa empresa de domeñar a Antioquia, de evitar que recaudemos y administremos los dineros producto de nuestro trabajo, que construyamos infraestructura, llevemos servicios públicos a los rincones apartados, desarrollemos ciencia y técnica en las universidades, no habrá de ser extraño que un día, tal vez no lejano, nos levantemos de la mesa.

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